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SOÑANDO CON VOLAR

2020-09-07

SOÑANDO CON VOLAR

El hombre es inconformista por naturaleza. Imposible rastrear cuál fue el primer homínido que observando el vuelo de los pájaros no sintiese deseos de volar. El viaje forma parte del ADN de los vinos de Ramón Bilbao y hoy en día los vuelos forman parte de la gran mayoría de desplazamientos. Repasemos los inicios de este sueño humano cumplido.

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Las primeras menciones que nos acuden al pensamiento sobre el sueño de volar pertenecen al mundo de los mitos, el de Ícaro por supuesto, que con unas alas pegadas a su cuerpo consiguió escapar del laberinto de Creta. Su inconsciencia le hizo acercarse demasiado al Sol, tanto para que la cera que sujetaba sus plumas se derritiese y terminase por caer al vacío.

Además de Ícaro, vuelan los ángeles, los demonios y los dragones que escupen fuego. Sin embargo, el hombre real y mortal ha tardado bastante en hacerse también dueño de los cielos. El mar fue conquistado mucho antes.

Leonardo da Vinci fue el primero en dejar dibujado y escrito el boceto de cómo tendría que ser un artefacto para poder volar. No iba nada desencaminado.

La historia de la aviación comercial tiene poco más de un siglo. Varios hitos se disputan el título de “primer vuelo comercial”, pero existe bastante consenso en torno a la fecha de 1903 por parte de Willbur y Orville. Pero detengámonos en los primeros artefactos voladores, estos que ilustran el imaginario de Ramón Bilbao:

 

Globos aerostáticos

La búsqueda de algo que nos propulsase al cielo fue ardua. Inicialmente fue aire caliente que empujase a los globos aerostáticos, inventados por los hermanos Montgolfier en un pueblo cercano a Lyon. Se dice que la genial idea se le ocurrió a uno de los hermanos al ver como una camisa se hinchaba de aire caliente y se elevaba al ponerla a secar colgada sobre una estufa. Los hermanos Montgolfier hicieron su primera demostración pública en 1783 que fue un éxito. Habían preparado un globo de lino forrado con papel en el que introdujeron el aire caliente resultante de quemar paja y lana. En los siguientes años se hicieron pruebas con otros gases más ligeros, alguno de ellos inflamables, hasta que se dio con el hidrógeno, el gas que siguen usando este tipo de aerostatos. Por cierto, los primeros vuelos de estos globos fueron sin tripulación, posteriormente se les concedió “el privilegio” a animales domésticos, y cuando se sintieron ya seguros con el ingenio volador, un par de hombres se atrevieron a ascender en una cesta atada al globo.

Zeppelin

Los dirigibles, como el famoso zeppelin, fueron los primeros aerostatos con capacidad de maniobra. Una gran ventaja frente a los globos aerostáticos que una vez en los cielos, quedaban a merced de los vientos. Los dirigibles se utilizaron con fines militares y propagandísticos durante décadas y en contiendas como la Primera Guerra Mundial. Debido a su poca capacidad, no han sido nunca interesantes para el transporte de pasajeros o materiales. Actualmente sobreviven como soportes publicitarios.

Las hélices y el precursor del helicóptero

Uno de los primeros sistemas de propulsión de aviones fueron las hélices. Los aeroplanos, biplanos o hidroaviones cuentan con este tipo de motor de rotación. En la actualidad los aviones de hélices siguen siendo los más recomendados para cubrir distancias cortas, pues son más eficientes que los que funcionan a reacción. Juan de la Cierva, un ingeniero murciano inventó el autogiro 1920, un modelo que fue realmente el precursor del helicóptero. Buscaba un tipo de aparato que fuese capaz de seguir volando a poca velocidad, algo que no podían, ni pueden, conseguir los aviones convencionales.

La sensación de volar

El cine nos ha querido trasladar en cientos de ocasiones la fascinante experiencia de volar con el viento en nuestro rostro. Nada que ver con la sensación estándar de volar sentado en una cabina de avión. Nos referimos tanto a la felicidad de Meryl Streep en la escena de la avioneta de Memorias de África (Sydney Pollack, 1985) como al inicio de la película 24hours Party People (Michael Winterbottom, 2002), en el que el protagonista planea unos pocos metros en ala delta vociferando la sensación de libertad que le produce.

Rememoramos también, antes de terminar, el sueño infantil de que cientos de globos consigan despegar nuestros pies del suelo, tal como ocurre en Up (Pixar, 2009) porque, seguramente, todos hemos soñado alguna vez con volar.

 

 

 

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